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Marrakech: la ciudad roja

La ciudad roja, la ciudad de las palmeras, la ciudad de los siete santos. Marrakech tiene muchos nombres, pero tiene aún más influencias de distintas culturas. Al pie de las montañas del Atlas, Marrakech fue fundada hace más de 1000 años por los Almorávides, dinastía bereber, y eventualmente se convirtió en una de las ciudades más importantes del imperio Islámico.

Hoy caminar por Marrakech es caminar entre olivos y palmeras, entre sus paredes rojas de arcilla, entre jardines, riads y palacios escondidos detrás de modestas murallas, entre pasado y presente, entre riqueza, abundancia y opulencia. Siempre acompañado del perfume de la flor del naranjo y de un calor casi desértico.

Scooters arrancando en un semáforo en Marrakech.
¡Aquí hay casi tantas motonetas como bicicletas!

Para mí, es importante dividir Marrakech en dos: por un lado la medina, con sus souks (puestos) abundantes y explosivos, locales, marchantes, colores y olores, y el resto de la ciudad, mucho más nueva, y dónde podrás encontrar desde galerías de arte hasta resorts de lujo, pero siempre guardando el mismo encanto marroquí. Si es tu primera vez en Marrakech, querrás pasar al menos 3 noches dentro de la medina (o tres semanas, si eres como yo). El encanto de los riads tradicionales, con sus patios centrales como un oasis de paz en medio del bullicio de la medina, no te dejará ir pronto. Además, con tan solo salir de tu hotel, estarás de regreso entre los souks que parecen nunca terminar y dónde siempre podrás encontrar algo nuevo, algo delicioso, o una mejor ganga.

Una riad es una casa tradicional marroquí, con cuatro corredores alrededor de un patio central. En el patio generalmente hay una fuente, y cuatro o más arboles frutales como naranjos o granadas. Las paredes suelen estar decoradas ricamente con mosaicos conocidos como zellige.

Yo creo que no hay mejor forma de disfrutar un paseo entre las calles de la medina que preguntando a todos los marchantes “¿qué es?”. Seguro que querrás higos secos, datiles medjool, la variedad más dulce y suave, cacahuates, frutos secos, ciruelas o almendras. Pero no creo que haya ningún turista que pueda nombrar todo lo expuesto: aquí hay que descubrir los garbanzos pequeños, secos y crocantes, los tés de muchísimas variedades (entre los que destaca el té royal, el otro té de marruecos, con verbena, ginseng, anís estrella, rosas, genjibre y flor de jamaica), las hierbas para infusión con propiedades medicinales que curan desde el mal aliento hasta el mal humor, los jugos de frutas en mezclas deliciosas y refrescantes como durazno blanco con pepino, o la babbouche, una sopa de pequeños caracoles especiados.

Rida atienda la herboristería de su padre temporalmente mientras estudia para ser guionista de cine.

Y ni que decir de los puestos de especias: imposible memorizarlas todas. Afortunadamente, la gran mayoría de los marchantes te las mostrarán una a una, mientras te platican un poco de ellos mismos o de Marruecos, como Rida, de la herboristería El Borge, que trabaja parcialmente en la tienda de papá mientras su mamá esta en casa moliendo las especias y haciendo distintas lociones y cremas. Parcialmente, porque Rida esta estudiando para ser guionista y pronto se va con una beca a Alemania. Pero aún así me explica todo sobre las decenas de especias en su tienda, desde ras el hanout, una mezcla de más de 30 ingredientes que se le pone a todo (y es, según Rida, para las que no saben cocinar), hasta el poderosísimo eucalipto en cristales, medicina que cuesta casi 1 dólar el gramo.

El mejor lugar para probar street food es Djema el Fnaa, uno de los mercados más importantes del mundo y tal vez el más grande de África. Esta plaza, además de la enorme oferta gastronómica con platillos clásicos como tagine o distintas carnes a la parrilla, es también por las noches una gran fiesta. Cantantes, bailarines, acróbatas, encantadores de serpientes, músicos y más se reúnen todas las noches para actuar por algunas monedas o simplemente para convivir.

Para una comida menos callejera, dentro de la medina hay también un sinfín de restaurantes, entre ellos Nomad, famoso por su cocina marroquí pero con toques decididamente modernos, como la hamburguesa de cordero. Prueba también las pastilla; este es un platillo tradicional de warka, una masa delgada y crujiente muy similar a la phyllo, rellena de varios ingredientes y frita. Además de la comida deliciosa, puedes refrescarte en una de las dos terrazas, con un té de menta o una limonada. Cruzando una pequeña plaza (con más souks!) está también el Café des épices, con deliciosos sandwiches y tagines.

Ambos están muy cerca de Le Jardin Secret, que como su nombre lo indica, es casi un jardín secreto. De todos los sitios históricos que puedes visitar dentro de la medina, como el palacio Badia o la madrasa Ben Youssef, este es mi favorito. El Jardin secret consta de dos grandes riads restauradas a la perfección, y es el escondite perfecto para encontrar un momento de calma después de un ajetreado día en la medina. Además de los jardines impecables, también podrás ver el sistema de irrigación tradicional árabe, que aún se conserva en varias partes del edificio.

Aunque la medina nunca se acaba de descubrir, guarda al menos un día para conocer el resto de Marrakech. Rodeando las murallas de la medina, hay nuevos barrios que ofrecen desde lo más típico de Marruecos hasta lo más sofisticado, resultado de la influencia Europea del último siglo. Al norte, por ejemplo, está el famoso museo de Yves Saint Laurent así como el Jardin Majorelle. En la misma calle, hay varios restaurantes y boutiques, entre las que destaca 33 Rue Majorelle, un concept store donde encontrarás el trabajo de varios diseñadores marroquíes.

En el barrio de Gueliz, a un lado, se reúnen galerías de arte, residencias, hoteles y restaurantes. Para comer otra vez auténticamente marroquí, busca Chez Bejgueni, un puesto de comida equivalente a una taquería nuestra, pero con carnes a la parrilla deliciosas. Come como los locales y no pidas cubiertos: aquí hay que tomar un trozo de pan y con él cortar la carne para remojar todo en la salsa picante de tomate que le acompaña, hrissa. (Así como no pediríamos cubiertos en los tacos!). Termina el recorrido de este barrio con un delicioso café nous nous, mitad leche y mitad café, en Amandine, una pastelería francesa-marroquí. Puedes pedir algún postre francés, pero yo te recomiendo que pidas un surtido de dulces marroquíes, hecho finamente con almendras, azúcar, ajonjolí y miel. Mis favoritos, ghoriba, muy parecidos a un beso de nuez, pero hechos de almendra y semolina.

Por último, no te vayas de Marrakech sin disfrutar de un desayuno con amlou, o como le llamo yo, la nutella marroquí. Hecho con aceite de argan, miel y almendras, este spread es delicioso sobre pan, con yogurt o por sí mismo, y es la forma perfecta de llenarte de energía antes de salir a recorrer la ciudad roja.

Hasta aquí llega mi travesía por Marrakech, una ciudad extravagante, artesanal, llena de vida, llena de comercio, llena de gente y llena de delicias. Pero no te pierdas la siguiente parte de este viaje, porque nos vamos al desierto del Sahara.

Y si te perdiste la primera, aquí la encuentras: Viajar a Marruecos, Fes, Rabat y Chefchaouen.

Toma nota:

Nuestra editora viajo a Marruecos por cortesía de Turismo Exmar, boutique mexicana de viajes diseñados a medida.
Organiza tu viaje:

Web: turismoexmar.com
Instagram: @turismoexmar

Acerca del autor

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Editora del arte del buen vivir; bloguera apasionada del buen comer, todo lo boutique, hoteles, interiorismo, las terrazas soleadas y todos los animales.

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