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Recorrido por Chiapas: conoce su lado aventurero

Seguramente cuando piensas en viajar a Chiapas, lo primero que viene a tu mente son sitios arqueológicos, como Palenque o Bonampak, seguido de pueblos mágicos como San Cristóbal de las Casas. ¿Pero sabías que Chiapas también tiene una increíble oferta de turismo gastronómico y de aventura?

Viajes Itzaa nos llevó hace poco a un increíble recorrido por Chiapas para conocer este otro lado aventurero del destino, la cara menos vista, los atractivos menos conocidos. Fueron apenas un par de días; los suficientes para darme cuenta de cuanto más me faltó por descubrir, y para quedarme con las ganas de regresar otros 10 días, al menos.

La primera parte de nuestro recorrido es un mix de naturaleza y gastronomía. Desde San Cristóbal de las Casas, salimos temprano en transporte privado acompañadas por Gabo, nuestro anfitrión de Viajes Itzaa hacia el Mirador “Manos que imploran”, sobre el Cañón del Sumidero. Aquí nos recibe la espectacular vista del final del cañón, o la última puerta, sobre la enorme compuerta que regula la cantidad de agua que acumula la presa hidroeléctrica de Chicoasén. El Cañón del Sumidero es una maravilla natural-humana: el enorme surco se formó hace más de de doce millones de años, como una falla geológica por la que fluye el Río Grijalva. Originalmente, el río tenía un nivel mucho más bajo y el agua corría con gran fuerza, como rápidos. En 1980 se construyó la presa hidroeléctrica, con lo que el agua se acumuló dando paso al río tranquilo y estable que corre ahora por el cañón. Además de ser la central productora de energía hidroeléctrica más grande del país, el Cañón del Sumidero es un Parque Nacional de más de 20,000 hectáreas donde se preserva una gran variedad de especies como monos araña, osos hormigueros, cocodrilos, caimanes, halcones, garzas o pelicanos, sin mencionar la flora.

Después de admirarlo desde el mirador, bajamos al embarcadero de Chicoasén, donde nos subimos a una de las lanchas en las que puedes atravesar el cañón. Estas lanchas están reguladas por el parque natural y son concesionadas a las diferentes comunidades de los embarcaderos, así que solo hay un par de opciones. Cada lancha la lleva un guía del parque, quién nos da el recorrido mostrándonos las diferentes cascadas, formaciones rocosas, animales y plantas de interés. Afortunadamente, unos días antes de nuestra visita hubo mucha lluvia, así que nos toca ver todas las cascadas del recorrido con agua, que corre como hilos plateados en diferentes partes de los enormes acantilados (en algunos puntos, las paredes del cañón se levantan por más de 1000 metros sobre nosotros) a cada costado de la lancha. En verdad es una vista que te quita el aliento, algo completamente inesperado, como salido del set de una película de Avatar o de una filmación en Tailandia, una maravilla natural para disfrutar con calma, absorbiendo poco a poco lo monumental, imponente, y a la vez sereno que es el Cañón del Sumidero.

Terminamos el recorrido en Chiapa de Corzo, pequeña ciudad famosa por su pozol, una bebida de maíz y cacao que se toma fría y espumosa, y por su Fuente de la Pila, monumento múdejar de tiempos de la conquista. Después de una vuelta exprés al centro, nos dirigimos a Tuxtla Gutiérrez, para vivir una experiencia única de la región zoque de Chiapas: sus botaneros. El equivalente a una cantina, los botaneros zoques son una parte fundamental de la cultura local: tan solo en Tuxtla hay más de 8000. Aquí se reúnen familias, amigos, colegas, y todo tipo de grupos para picar botanas, tomar unos tragos, y escuchar música en vivo o disfrutar de otros shows o variedades, desde bailes regionales hasta comediantes o cantantes modernos. Botaneros hay de todo tipo, pero nuestro anfitrión de Itzaa nos lleva a la Sonora Botanera, una enorme palapa decorada con pompones chiapanecos, máscaras de parachicos, y otras artesanías locales.

Nada más de entrar te pones de buenas, y más cuando te reciben con un gran jícaro de pozol bien frío (que se toma en jícaritos pequeños). Inmediatamente comienza la música en vivo y la mesa se llena de botanas: frijoles refritos con chilito simojovel, típico de chiapas, chicharrón de cerdo ahumado, carraca o papada de cerdo frita, quesillo chiapaneco, tártara de res cocida con limón, macabil (un embutido de pescado), guacamole, totopos, tostadas y muchas salsitas. Mi favorito es el chicharrón ahumado, gordito y crujiente, único a esta zona. Definitivamente, visitar un botanero zoque es una experiencia diferente, divertida y muy auténtica, la mejor forma de cerrar el recorrido.

Para nuestro segundo día, salimos temprano nuevamente de San Cristóbal en una mañana muy fogosa, un paisaje boscoso y melancólico que pronto se disipa para dar paso al calor y a la selva; ahora nos dirigimos hacia la reserva natural El Ocote, zona protegida donde viven también varias especies como jaguar, ocelote y tapir. Aquí no nos vamos a adentrar en la selva, sino que la vamos a ver desde el cielo.

En las puertas de la reserva está el club de vuelo Valle Bonito, donde Ricardo, ex-agrónomo apasionado de la aviación ofrece una experiencia única: el vuelo en Ultra Ligero. Después de una breve platica de seguridad, Ricardo me pone mi casco con micrófono para poder comunicarnos, un gran cinturón, y despegamos. Parecido a un parapente pero con motor, volar en Ultra es lo más cercano a volar cómo un pájaro; vas completamente en contacto con el aire, sin ninguna “caja” de metal a tu alrededor, excepto el asiento. Aunque puede sonar extremo, en verdad es una actividad muy tranquila y segura, a diferencia de un parapente o un vuelo en traje ardilla, el Ultra tiene motor, por lo que puede regular su velocidad y altura. Ricardo nos desliza por encima de Valle Bonito lentamente, haciendo un gran círculo como un águila, y desde el aire podemos observar la enorme selva que se extiende a nuestro alrededor. El vuelo de 20 minutos se me va en un abrir y cerrar de ojos, y regresamos a la pista de aterrizaje con el motor apagado, planeando suavemente con nuestras “alas” de tela, y al tocar tierra me acuerdo de cerrar la boca, que seguramente lleve abierta todo el tiempo por la impresión de vivir tan increíble experiencia sobre la selva chiapaneca.

Se acaba demasiado pronto el vuelo pero nos espera la siguiente aventura: a unos minutos en coche, encontramos la Sima de las Cotorras, un hundimiento u hoyo en la tierra de más de 160 metros de diámetro y 140 de profundidad. Este agujero se formó hace millones de años, como una cisterna natural cuyo techo colapsó por el desgaste del agua. En las paredes de la Sima se han encontrado varias pinturas rupestres de más de 10,000 años de antigüedad, pero lo más sorprendente y por lo que se llama así este atractivo son las miles y miles de cotorras o pericos que anidan en los muros de piedra, platicando y piando constantemente entre ellos. Las mejores horas para visitar la Sima de las Cotorras son el amanecer, cuando salen en enormes parvadas a buscar alimento, o el atardecer, cuando regresan a sus nidos para pasar la noche. A nosotros, sin embargo, nos toca muy buena suerte y como las cotorras tienen a sus crías en este momento, salen durante todo el día a buscar comida, así que constantemente se escucha un aleteo estridente seguido de una parvada de cotorras entrando o saliendo de la Sima.

Ulises es nuestro guía de aventuras en este destino de Chiapas, y con tan solo 24 años es experto en la flora y fauna del lugar. Para los más aventureros, en la Sima de las Cotorras se puede hacer rapel, via ferrata, hiking por los muros hacia el fondo, tirolesa, e incluso se puede acampar al fondo, en camas colgantes. A mi solo me da tiempo de cruzar la tirolesa de 160 metros de largo un par de veces, pero lo mejor es quedarse detenido al centro, colgando sobre el enorme agujero y escuchando a las cotorras chirriar, quienes probablemente pensarán que soy una enorme águila que nunca aprendió a volar y no es ninguna amenaza, ya que mi presencia no les perturba en lo más mínimo.

Casi termina aquí nuestra aventura chiapaneca, pero no sin antes cerrar con una espectacular comida también tradicional de la región, y para ello vamos a Las Pichanchas, un restaurante muy típico de Tuxtla en el que puedes disfrutar del cochito horneado, un platillo similar a la cochinita pibil pero sin achiote, servido con chilitos simojovel y frijoles, y acompañarlo de un pumpo, la bebida de la casa a base de piña y vodka que también se sirve en un jícaro doble con gran ceremonia al llegar a la mesa, pues el mesero toca una campana y grita profundamente pumpooooo cuando te lo sirve. Es un detalle de folklore perfecto para acompañar la marimba que toca al frente del restaurante y los bailarines que interpretan danzas regionales de distintas zonas. En resumen, la forma perfecta de reponerse después de un par de días llenos de aventura en este recorrido por Chiapas.

Toma Nota

Reserva este recorrido con Viajes Itzaa

Web: viajesitzaa.com
Tel/Whatsapp: +529611860319
Instagram: @viajes_itzaa_

Acerca del autor

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Editora del arte del buen vivir; bloguera apasionada del buen comer, todo lo boutique, hoteles, interiorismo, las terrazas soleadas y todos los animales.

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