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Crónica de un viajero celebrando 100 años de La Rioja DOC (Parte 1)

Febrero de 2026. Me materializo en Logroño, La Rioja, como uno de los 100 invitados de honor al Centenario de la DOC La Rioja. El aire está cargado de una sofisticación tecnológica que marea. Raquel Pérez Cuevas habla de la “conquista de la precisión” y yo asiento, sintiendo que soy testigo de una civilización líquida en su apogeo.

Me traslado al Museo Vivanco en Briones, esa catedral de titanio y piedra donde Santiago y Rafael Vivanco nos muestran que el vino es el primer arte de la humanidad.

Camino entre grabados de Picasso y Dalí, oliendo la historia en cada sala, desde prensas de viga del siglo XVIII hasta el Jardín de Baco con sus 220 variedades.

La revolución blanca en La Rioja: un torbellino

La experiencia sensorial en este 2026 es un torbellino. En las catas, los blancos de la “Revolución Blanca”, brillan con un oro pálido y eléctrico; un Capellanía me llena la nariz de almendras y flores blancas, mientras que el Castillo Ygay Blanco Gran Reserva Especial es pura seda líquida. Pero el corazón se me para al catar el Marqués de Riscal de 1956.

Su color es un milagro: un rojo teja que conserva un brillo rebelde. Al olerlo, el tiempo se dobla: hay trufa, hay caja de puros, hay una fruta roja que parece haber hibernado durante setenta años. Es un vino inmortal, una cápsula del tiempo que desafía a la biología y que comparto con los directores de las grandes casas.

La noche culmina en una cena de seis estrellas Michelin donde el paisaje se come. Francis Paniego e Ignacio Echapresto nos sirven la tierra: pimientos de cristal que saben a fuego y lomo de ciervo ahumado en sarmiento por Miguel Caño. Cada plato es un mapa geológico.

El viaje termina visitando templos como Baigorri, donde el vino baja por gravedad, o la paz monacal de Vinícola Real entre los calados de Albelda de Iregua. Al final de mi recorrido, comprendo que La Rioja es un organismo vivo que respira a través de los siglos, una mezcla de la paciencia del monje, la visión del ilustrado, el empuje del ferroviario y la precisión del científico actual.

Museo Vivanco: civilización líquida en La Rioja

Mis botas muy, pero muy desgastadas, se detienen en el umbral del Museo Vivanco, en Briones, y el aire cambia de inmediato. Aquí, el aroma es una mezcla sagrada de madera noble, piedra de sillería y el perfume sutil de la historia del arte. Como invitado de honor, siento el privilegio de caminar por este tesoro reconocido por la UNESCO, donde Santiago y Rafael Vivanco han levantado una auténtica catedral para la “Civilización líquida”.

Me detengo en la Sala 4, “Vino, Arte y Símbolo”, la joya de la corona. Es un honor indescriptible catar mi copa rodeado de originales de genios que entendieron el vino como el primer arte de la humanidad.

Observo el grabado cubista de Picasso de 1922, Bouteille de vin, y me pierdo en el trazo de Joan Miró y su diseño de 1974 para una de las etiquetas de la casa. El minimalismo de la Copa de Antoni Tàpies (1997) parece dialogar con la mitología de los dibujos de Dalí y la fuerza contemporánea del Lanzarote 19 de Miquel Barceló.

Pero es la Sagrada Familia de Jan van Scorel, esa tabla flamenca del siglo XVI, la que me detiene el pulso; fue la obra que convenció a los padres de los Vivanco de transformar su colección de herramientas en una pinacoteca universal.

Antes de salir, recorro la asombrosa colección de 3.000 sacacorchos e interno en el Jardín de Baco, un banco genético donde me explican que la recuperación de la Maturana Blanca y el Graciano es la respuesta científica para mantener la frescura de Rioja.

Cena de gala

En la Cena de Gala, Francis Paniego abre el fuego con su icónica croqueta de jamón, seguida de una merluza a 45°. Ignacio Echapresto nos trae la tierra húmeda de Venta Moncalvillo con unos pimientos de cristal asados a la leña, mientras Carolina Sánchez e Iñaki Murua rompen esquemas con un bacalao en texturas de una vanguardia absoluta.

El plato fuerte llega de la mano de Miguel Caño: un lomo de ciervo ahumado en sarmiento de vid. El cierre, una deconstrucción de manzana ácida y miel silvestre de Dani Lasa, limpia el paladar para el gran final de las catas. En mi copa, el registro de la noche es un desfile de gigantes. El Castillo Ygay Gran Reserva Especial 2012, con sus 100 puntos, brilla con un color picota intenso. A su lado, el Viña Tondonia Gran Reserva Tinto ofrece esa elegancia clásica de cuero y seda, mientras el Macán de Rothschild & Vega Sicilia aporta una estructura moderna y poderosa.

Registro la profundidad del 200 Monjes Gran Reserva, la finura del Conde Valdemar y la potencia del Culmen de Lan. Me fascina el Ysios Grano a Grano por su delicadeza artesanal y me dejo seducir por las añadas históricas de Conde de los Andes.

Brindis final

Roger Goulart Gran Reserva pone el broche de oro a una jornada donde he comprendido que Rioja no es solo una Denominación de Origen, sino una forma de entender la vida.

El gran chef y mi amigo Ignacio Echapresto trae el aroma de la tierra mojada con sus pimientos de cristal asados a la leña, un sabor dulce y ahumado que parece extraerse directamente del suelo de la Rioja Alta.

El banquete continúa con la vanguardia de Carolina Sánchez e Iñaki Murua, quienes presentan un bacalao en texturas que desafía la gravedad, mientras Miguel Caño eleva la intensidad con un lomo de ciervo ahumado en sarmiento de vid, cuya potencia animal es el espejo perfecto para los grandes tintos de la noche.

Dani Lasa cierra la sinfonía con una deconstrucción de manzana ácida y miel silvestre que limpia el palacio para los últimos registros.

En mi copa, el despliegue es abrumador: el Castillo Ygay Gran Reserva Especial 2012 luce sus 100 puntos con una elegancia que parece eterna, seguido por el vigor del Macán y la profundidad monacal del 200 Monjes Gran Reserva.

Registro la finura del Conde Valdemar, la potencia del Culmen de Lan y la delicadeza del Ysios Grano a Grano. Al probar el Roger Goulart Gran Reserva, el espumoso del centenario, comprendo que este evento no es una despedida del siglo pasado, sino el bautismo de uno nuevo donde la precisión y el arte son los únicos lenguajes permitidos.

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Sin darme cuenta, cambié de espacio y de tiempo. Me hundo primero en un lodo que aún no conoce el peso del hombre, en una llanura donde el Ebro es apenas un murmullo que serpentea entre helechos gigantes y las huellas de iguanodontes en Enciso y Munilla.

Doy un paso de gigante y el silencio prehistórico estalla en el rascado de una pluma sobre pergamino en el año 950, en la penumbra de San Millán de la Cogolla, donde el aroma a incienso se mezcla con el olor agrio y honesto del vino que los monjes guardan en tinajas de barro, mientras escriben las primeras palabras de un idioma que olerá a tierra y a cielo.

El dial de mi cronovisor gira vertiginosamente hasta 1926, cuando veo a un puñado de hombres visionarios fundar el primer Consejo Regulador de España para proteger el nombre “Rioja” contra el fraude, marcando el inicio de un siglo de rigor que me deposita, de golpe, en este febrero de 2026.

Recibir la invitación para el Centenario de la Denominación de Origen Calificada Rioja no fue un evento más en mi trayectoria; fue una consagración.

Al saber que solo 100 personas en todo el mundo compartiríamos este hito, comprendí que la DOCa no buscaba una celebración masiva, sino una cumbre de pensamiento y excelencia.

Llegar a Logroño en este febrero de 2026 fue entrar en una cápsula del tiempo donde el pasado de los lagares romanos y el futuro de la viticultura de precisión se daban la mano. Ser uno de los “100 del Centenario” conlleva la responsabilidad de ser testigo del paso de un siglo de rigor a un siglo de innovación.

La Rioja: pureza de origen

Durante el evento, la Presidenta Raquel Pérez Cuevas pronunció palabras que marcaron la hoja de ruta estratégica: “No celebramos solo el paso del tiempo, celebramos la conquista de la precisión”. Explicó que Rioja ha pasado de medir la calidad por el tiempo en madera a medirla por la pureza del origen, consolidando figuras como los Viñedos Singulares y los Vinos de Municipio.

Amanezco en Logroño sintiendo el peso de la historia y el brillo del futuro. Mi primera inmersión sensorial es la “Revolución Blanca” de la mañana, dedicada a demostrar que los blancos de Rioja son eternos.

Las copas se llenan de un oro pálido y brillante, y el aire se satura de aromas a flores blancas, almendra amarga y una salinidad eléctrica. Registro en mi memoria los primeros veinte vinos: Capellanía de Marqués de Murrieta, Viña Tondonia Blanco Reserva de López de Heredia, Montes Obarenes de Gómez Cruzado y el Finca Alto Cantabria de Valdemar, el primer blanco fermentado en barrica de España.

Continúo la cata con la Maturana Blanca de Viña Ijalba, Plácet de Valtomelloso, Allende Blanco, Remírez de Ganuza Blanco y Nivarius Edición Limitada. Sigo con Bideona Laderas de Leza, Ostatu Lore, Sierra Cantabria Colección Privada Blanco, Abel Mendoza Malvasía, Baigorri Blanco FB y Valenciso Blanco de Guarda.

La mañana culmina con Muga Blanco, el legendario Castillo Ygay Blanco Gran Reserva Especial, Gómez Cruzado Blanco, Inspiración Valdemar Tempranillo Blanco y Finca Carbonera de El Coto. Es una sinfonía de blancos que desafían el prejuicio, donde la madera se vuelve invisible frente a la pureza frutal.

La sesión de tarde me permite entender la geología a través de otros veinticinco vinos. Pruebo Baigorri de Garage, 200 Monjes Reserva de Vinícola Real, Inspiración Valdemar Maturana Tinta, Artadi Valdeginés y Sologarnacha de Arizcuren. Continúo con Roda I, Viña Arana Gran Reserva, Imperial Reserva de CVNE, Pujanza Norte y Mi Lugar de Queirón.

La cata avanza con Finca El Bosque de Sierra Cantabria, Contino Graciano, Lanzaga de Telmo Rodríguez, Remelluri Reserva y Cerro Las Cuevas de Gómez Cruzado. Registro también La Recaja de Valdemar, 200 Monjes Códice Vigilano, Baigorri Belus, Vivanco Colección Parcelas Garnacha y Tentenublo. Cierro esta etapa con Pazo de Barrantes como invitado, Muga Selección Especial, Predicador de Benjamín Romeo, Amancio y Vico de Bodegas Lan.

Noche de gala riojana

Francis Paniego sorprende con su icónica croqueta de jamón y una merluza a 45°; Ignacio Echaprestotrae la huerta de Venta Moncalvillo con pimientos de cristal asados a la leña; Carolina Sánchez e Iñaki Murua aportan vanguardia desde Ikaro con el bacalao en texturas; Miguel Caño eleva el banquete con lomo de ciervo ahumado en sarmiento; y Dani Lasa cierra con una deconstrucción de manzana ácida y miel silvestre.

Los vinos de la noche son la cumbre del olimpo: Castillo Ygay Gran Reserva Especial 2012 con sus 100 puntos, Viña Tondonia Gran Reserva Tinto, Macán de Rothschild & Vega Sicilia, Prado Enea Gran Reserva de Muga, y el despliegue de 200 Monjes Gran Reserva y Conde Valdemar Gran Reserva. Sigo con Culmen de Lan, Ysios Grano a Grano, Contino Viña del Olivo, las añadas históricas de Conde de los Andes y los dulces Aurum y Vivanco Colección Dulce de Invierno.

La velada se completa con Torre Muga, Dalmau de Murrieta, Gómez Cruzado Honorable, Finca El Otero, Barón de Ley Siete Viñas, Marqués de Riscal 150 Aniversario, Beronia III a.C. y el espumoso Roger Goulart Gran Reserva.

Me la vuelve a jugar el cronovisor y me deposita en el 2026, en el corazón de Samaniego, frente a una caja de cristal que emerge de la tierra como un mirador al infinito. Estoy en Baigorri, y el aire aquí no huele a maquinaria pesada ni a bombeo industrial; huele a la calma del fruto respetado.

Al cruzar el umbral, comprendo que me encuentro en una obra de ingeniería diseñada para el silencio: siete niveles que descienden 32 metros bajo el viñedo, una estructura donde la Gravedad Absoluta es la única ley permitida.

Observo el proceso con la fascinación de quien ve la naturaleza fluir sin obstáculos. Aquí, la uva no se golpea, no se estruja por la fuerza de bombas mecánicas que romperían las semillas y aportarían amargores indeseados.

En Baigorri, el vino se mueve por su propio peso. Las uvas seleccionadas caen suavemente desde la superficie hacia los depósitos; el mosto desciende por los niveles como una cascada de seda líquida, y el vino termina su recorrido en las barricas de la planta más profunda, todo gracias a la atracción de la tierra.

Es una búsqueda obsesiva de la pureza frutal y la integridad del grano. Al catar el Baigorri de Garage o el Belus, registro una textura aterciopelada y una limpieza de aromas que solo este respeto físico puede lograr.

Lista y comparativo de los vinos que he probado en este “viaje del tiempo”

Acerca del autor

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Periodista de estilo de vida con más de 40 años de experiencia. Gourmand, viajero y amante del buen vino. Host del programa "Eddy Warman de noche" en 88.9 noticias.

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