Salazar, una terraza moderna y campestre frente al Ángel de la Independencia
Hay contrastes en esta ciudad que no dejan de sorprender. Estar caminando por el asfalto de Paseo de la Reforma, esquivando oficinistas, turistas y el tráfico habitual, para de pronto entrar a un lugar que se siente como un enorme granero de madera, es un respiro. Como bien dice su propio manifiesto: es un espacio diseñado para sacarnos de la ciudad, sin salir de ella.
Esa fue mi impresión al visitar Salazar. Y la sorpresa no solo fue arquitectónica, sino culinaria: encontrar un restaurante de leña y carbón, moderno, pero con una marcada tendencia veracruzana, me pareció único en esta zona.
Ambiente híbrido: campestre, urbano y moderno
Físicamente, el lugar es un híbrido sumamente bien logrado. Estás rodeado de materiales cálidos, bajo unas vigas de madera enormes y una iluminación amarilla y tenue que lo vuelve muy cozy, pero sin dejar de ser limpio y moderno. Sin embargo, todo un costado del restaurante se abre por completo, transformando el espacio en una especie de terraza gigante bajo techo. El resultado es que estás cenando en un ambiente rústico, pero con una vista ultra urbana y privilegiada del Ángel de la Independencia. Es el escenario perfecto para ir en pareja o con un buen grupo de amigos a una comida larga que inevitablemente terminará en una buena sobremesa.




La “mochila” de Ricardo Galván
Hace unos meses, los fogones de Salazar tomaron una nueva dirección bajo el mando del chef Ricardo Galván. A sus 33 años, este joven originario de Xalapa cambió la carta por completo y le inyectó una personalidad vibrante.
Probar su propuesta es como imaginar que Ricardo metió los sabores de su infancia veracruzana en una mochila, se la llevó a la escuela culinaria, viajó por el mundo recogiendo ingredientes de Asia y técnicas de Francia, y luego vació todo sobre las brasas. Hay un mestizaje internacional muy interesante, pero que no pierde la brújula de la costa mexicana.
Platos para compartir (y salsear)
Los platillos en Salazar son de esos que se pueden describir como “rich”: abundantes, llenos de intensidad y sabor, pero con la acidez y el picante perfectamente equilibrados para no saturar el paladar.
Mi recomendación es pedir todo al centro. No te puedes ir sin probar:
- Los camarones rostizados: Vienen con una mantequilla de chile meco que es riquísima. Se acompaña con un buen trozo de focaccia para limpiar y “salsear” hasta la última gota que quede en el plato.
- El cuello de totoaba: De una carne suave, suculenta y cocinada al punto exacto.
- El huachinango a la veracruzana: Una interpretación moderna y muy personal del clásico, que pasa por la sartén de Ricardo con excelentes resultados.
Para acompañar esta intensidad de sabores, la carta invita en general a un buen vino blanco, de buena acidez, seco. Sin embargo, si quieres elevar la noche, marida con una copa de Veuve Clicquot —que es el champagne oficial de la casa— hace una pareja fenomenal con el menú.




El dulce final
Para el postre, la recomendación es la choconube. Es un cremoso de chocolate muy indulgente, con malvavisco, que el staff flamea directamente en tu mesa usando una cuchara ardiente. Es un detalle lúdico que cierra perfectamente la carta, con su alta presencia de humo. Si tienes buen diente dulce, pide también el flan; un postre clásico de la infancia de Ricardo, y muy probablemente, también de la tuya.
Toma nota
Restaurante Salazar
Paseo de la Reforma 333
Web: salazar.rest
Instagram: @salazar.rest
