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Al desierto: el sahara de Marruecos

Para la última parte de mi viaje a Marruecos, viene lo mas insólito: adentrarse en el desierto del Sahara. Casi el equivalente a ir a otro planeta, esta experiencia única, atemporal e inolvidable debe estar en la lista de todo viajero.

No te pierdas las entradas anteriores de este viaje, Fes, Rabat y chefchaouen, y Marrakech.

El desierto del sahara cubre más del 30% de África. Es un paisaje en constante cambio, las dunas en movimiento por el capricho de los vientos. Para descubrir esta región que puede parecer poco hospitable, vamos de la mano de Maroc luxury travel, expertos no sólo en el desierto, sino en ofrecer experiencias de lujo auténticas.

Existen diferentes opciones para vivir esta experiencia: los pueblos desérticos más conocidos y accesibles son Ouarzazate (sede de varias filmaciones, entre ellas game of thrones) Merzouga, Erg Chebbi, Zagora y Erfoud. Los tramos entre las ciudades del desierto y aquellas más accesibles como Marrakech o Casablanca son muy largos, por lo que es recomendable hacer al menos un par en avión.

Nuestra ruta nos lleva de la siguiente manera: de Marrakech volamos a Zagora, para después tomar carretera, parar en m’hamid para comer, y continuar hacia Erg Chegaga, (erg = dunas, las dunas de chegaga) donde dormiremos una noche. Al día siguiente, regresamos a Zagora, paramos a comer y terminamos en Ouarzazate para volar de regreso Marrakech.

Aunque la ruta es larga y los trayectos duran varias horas, viajamos con Mario Teixiera, fundador de Maroc luxury travel, y su esposa Maria Vieria. Mientras nos adentramos en una carretera que cada vez deja de ser más verde para volverse más arenosa y desértica, Mario nos comienza a relatar su historia de amor con Marruecos; hace 18 años dejó su nativo Portugal para instalarse aquí, sin voltear atrás. Su manera de hablar del desierto, con reverencia y casi como si se tratara de un misterio inexplicable, me lleva a preguntarme, ¿qué habrá encontrado Mario aquí, que le habrá llenado tan plenamente que escogió este estilo de vida sobre las comodidades de Europa? Esta pasión por la vida beduina, la naturaleza imponente, y las gentes del desierto, la comparte con Maria, que aunque apenas lleva 4 años en Marruecos, parece llevar ya toda una vida.

A medida que desaparece la “civilización”, nos acercamos cada vez más a la puerta del desierto. En M’hamid el gizlane, la última parada con carretera como tal, se acaba todo pavimento. Esta es una pequeña ciudad a las orillas del río Draa, y el último asentamiento antes de adentrarse en las dunas. De aquí en adelante la ruta desaparece por completo y no queda más que soltar el cuerpo para acompañar el subibaja de las dunas, acompañando el movimiento de la 4×4. No ha pasado ni media hora, y comenzamos a ver dromedarios silvestres, tranquilamente pastando una que otra hierba entre la tierra craquelada por el sol.

Un par de horas más, y ahora sí estamos en el desierto de la imaginación: el de las dunas doradas, enormes, imponentes, claras por un lado y obscuras por el otro. Ya no vemos palmeras, ni dromedarios, ni tiendas de beduinos. Ya solo queda arena interminable, y la habilidad de nuestro chofer para bordear las dunas como si fuesen olas y la camioneta una tabla de surf. Entre ellas, se aparece de pronto Ghazala camp: unas cuantas tiendas de campaña de lona casi del mismo color de la arena. Nos recibe una deliciosa toalla helada para quitarnos un poco de polvo (perfecta para los que como yo no pudieron evitar sacar la cabeza en la ruta para oler el desierto) y un té de menta. No podría ser de otra forma.

Un momento de reposo, una copa de vino blanco helada, una galletita marroquí y ahora si viene el momento que más he esperado: nos vamos en caravana de dromedarios a recorrer las dunas mientras comienza a caer el sol.

Ahora empiezo a entender un poco de ese misterio del que hablaba Mario. Por instrucciones de Maria, cada integrante de nuestro grupo toma su propia duna, y nos damos un momento para oler, escuchar, sentir y llevar dentro el silencio. Aquí, es absoluto. Hoy, ni siquiera está el viento silbando por encima de la arena. No hay nada más que sentir la inmensidad del desierto, que con pararte sobre una sola duna te hace sentir conectado con todo el resto. Es el silencio perfecto para caer en cuenta: “Estoy en el desierto del sahara. Me ha traído hasta esta duna un dromedario guiado por un beduino. No podría estar más lejos de casa, y sin embargo, no podría sentir una paz más absoluta.”

Desafortunadamente, el sol comienza meterse y no puedes quedarte a lo alto de una duna para siempre. Pero mashi mushkil, no hay problema. De regreso en el campamento, nos espera una gran fogata, un banquete marroquí, y una banda de músicos de Zagora, que nos acompañan tocando Gnawa, la música subsahariana de raíces africanas e islámicas. Entre el tambor, el laúd, y los cantos, parece ser una música espiritual casi de carácter ritual, así que hay que pararse a bailar al ritmo del desierto, con la luna llena de fondo y un centenar de velas rodeándonos. Es la noche en el desierto: mágica, misteriosa.

Toda la experiencia es como la misma noche desértica: fugaz. Antes de darme cuenta ya es el día siguiente y ha llegado el momento de emprender la ruta de regreso a Marrakech. Eso sí, antes hay que desayunar una tagine de huevos marroquíes, cocidos lentamente con jitomate y cilantro. ¡Que privilegio, destapar esa cazuelita de barro para encontrar un banquete tal, mientras que alrededor no hay nada más que kilómetros y kilómetros de arena!

Vamos de regreso en caravana de 4×4 y ahora la ruta cambia. Mientras vamos dejando atrás las dunas, nos acercamos al valle del Draa, el río más largo de Marruecos, y en cuyos bordes las palmeras brotan como pasto después de la lluvia. Como en Marrakech, aquí las palmeras son sagradas y es ilegal talarlas. Junto con la vegetación y el agua, volvemos también a los asentamientos: una parada exprés en Tamegroute, el primer pueblo marroquí en hacer cerámica y que a la fecha sigue produciendo el mismo pigmento verde, inigualable en ningún otro lugar, que hace cientos de años.

La última parada desértica es en Zagora, dónde nos despedimos con un festín de ensaladas, que curiosamente al borde del desierto son mucho más frescas que en el norte de Marruecos: lechugas frescas con rodajas de naranja y azúcar espolvoreada por encima, jitomates rebanados finamente con cebollas y bañados en limón y aceite de oliva. Para terminar una deliciosa kefta tagine, de albóndigas. De postre un clásico marroquí: rodajas de naranja a la canela con agua de flor de naranjo.

Antes de lo deseado, ya estamos de regreso en la camioneta y rumbo a Ouarzazate, dónde tomaremos el avión a Marrakech. Se me ha ido esta experiencia como la misma arena del desierto entre los dedos: no tuve tiempo de sostenerla, y no ha dejado más que la impresión, el sentimiento, y unas ganas incontenibles de regresar.

Toma nota:

Nuestra editora viajo a Marruecos por cortesía de Turismo Exmar, boutique mexicana de viajes diseñados a medida.
Organiza tu viaje:

Web: turismoexmar.com
Instagram: @turismoexmar

Acerca del autor

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Editora del arte del buen vivir; bloguera apasionada del buen comer, todo lo boutique, hoteles, interiorismo, las terrazas soleadas y todos los animales.

1 comentario

  1. aDELA m, bIANCHI DE lOBOS

    EXCELENTE RELATO. DANGANAS DE HACERLO

    Reply

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